A la vuelta de la feria,
cuando las luces se apagan,
en el silencio que queda
se agolpan todas las emociones de la tarde-noche,
se oye otra vez el griterío de los muchachos
y el estrépito cansado de las máquinas
y se vuelve a sentir
el vértigo de la montaña rusa
y el vaivén de la noria
y , más intensamente aun,
el escalofrío dulce de aquel cruce de miradas
que nos hizo temblar de emoción...
Así, en los remansos de la feria de la vida,
se aprecia mejor el runrún de las cosas,
el hilo sonoro de los días que pasan,
ese revuelo que se oye a lo lejos
y suena a ratos alegre y a ratos desdichado,
como música de carrusel.